viernes, 3 de enero de 2020

Uno de enero


La temperatura ha caído

por debajo de cero.

Bajo la niebla, el mundo duerme.

Mañana de hielo.

La carretera, fría como el cristal.

El nuevo año se ha puesto

el disfraz de la melancolía.

Y está callado.

La escarcha cruje  bajo mis pies,

sólo eso se oye

en la quietud del bosque.

La niebla y su silencio

envuelven

este sueño de invierno.




lunes, 23 de diciembre de 2019

El calor


Sobre una estantería, en la biblioteca, una foto mía de niño, en la vieja cocina de casa.

 Era invierno, no es mucha la luz que iluminaba la escena.

Puedo sentir el calor, o lo que yo recuerdo como calor, que posiblemente no fuera tal.

En los sesenta, en una casa centenaria, de piedra, envuelta por la humedad y el frío

que sitiaban a un pueblo del norte, en invierno, no debía ser el calor un lugar común.

Este calor que la fotografía me devuelve era el disfraz que usaban la seguridad

y el amor con que me llenaban la presencia de mi abuela y de mis padres,

mis figuras de animales, algún que otro gato que se paseaba, indiferente,

por la casa, el olor de la madera encerada, la cocina de leña, el ruido de la lluvia

en el cristal...

Y qué poco queda ya, después de tantos años, de aquella llama que imaginaba eterna.

Sólo pavesas, moribundas bajo el pálpito fugaz de la memoria.

Sólo el calor de un recuerdo.






miércoles, 2 de octubre de 2019

Envejecer, según Muñoz Rojas


”Algo mellan los años en nosotros y acortan

  por una parte y por otra aguzan las posibilidades 

  de goce o sufrimiento. Aumenta la pereza para la 

  relación humana, aumenta la capacidad

  de aprecio para cualquier forma de hermosura

  natural, aumenta la sensualidad en disfrute 

  del tiempo propio, haciendo algo o no haciendo nada. 

  La indiferencia hacia las formas de

  poder, hacia las batallas de la vanidad o el orgullo, 

  el desprecio o quizás la ignorancia

 - o defensa- ante múltiples actitudes humanas.”

                                    Dejado ir, José Antonio Muñoz Rojas
                                    Ed. Pre-textos

martes, 6 de agosto de 2019

Recuerdos de un día de invierno



El mar, azul oscuro, un azul de finales de verano,

un azul de nordeste.

Da igual que estemos en febrero, el nordeste es

indiferente a la estación.

Siempre dibuja el mar con el mismo estilo: un poco

cubista, un poco fauvista..., qué se yo.

Están podadas las hortensias. Los mirlos escarban

entre las pocas hojas que olvidó el otoño.

A veces piensas qué harán aquí, cuando no estás,

el mirlo, ese gato triste, las flores color violeta que

viven, humildes, apoyadas en el muro, protegidas del

nordeste.

Qué harán las hortensias, el acebo, el limonero y el

naranjo. Y la araucaria que, recién llegada,

aún no se habla con nadie.

Y piensas que venir aquí, en invierno,

de cuando en vez, al menos ha de servir para que,

en las noches tristes, cuando el romper de las olas

lo llena todo, el gato, las hortensias, las flores

y los árboles, reflejándose en los ojos que los miran,

se llenen de realidad, y dejen de sentirse,

por unas horas, tan sólo parte de un sueño.





jueves, 30 de mayo de 2019

La fiebre




Desde el refugio que me ofrece el sillón, veo tras la lluvia

los árboles de Somió.

Se adivina el mar en el vuelo de las gaviotas sobre el jardín.

Las hojas del limonero, brillantes bajo el agua que cae, quedamente.

Escucho a Bocherini, mientras noto cómo me va subiendo la fiebre.

Y me acuerdo de Ruano, de aquel artículo, “ Viaje a la cama”.

Como él, también me rodeo de libros: Trapiello, Pla, Valverde...

Y Ruano, claro.

Cuando escribió ese artículo, Ruano vivía en Alcalá, 182, al lado de la

plaza de Manuel Becerra, frente a Las Ventas.

“A un vuelo de pájaro cantor”, decía él.

Me gustaría pasear ahora por Manuel Becerra, los altos de Alcalá...

De este vagar incierto, de esta ensoñacion, me saca la lluvia, ahí fuera,

en el jardín, bajo la cual, un mirlo va y viene, con su negro esplendoroso

de noche serena.

Y vuelvo al sillón, convaleciente. Y me acuerdo de un libro de Jardiel,

y me pongo a buscarlo.

Y vuelvo a Madrid...

Y así las horas. Y la fiebre.

Mientras, un nocturno de Mompou envuelve la tarde.